«Las experiencias en los viajes nos sorprenden, nos sacan de nuestra zona de confort y nos llenan el alma de alegría y satisfacción. Nuria Fernández, de @acariciandomismiedos, comparte con nosotros un relato emocionante donde la aventura y la superación marcan una gran vivencia que atesora en su corazón. Un texto maravilloso lleno de sentimiento que nos enseña que, si nos atrevemos, nos espera una gran recompensa al final del camino».

Manu nos advirtió. Lo que en principio iba a ser un descenso de iniciación para el que no hacía falta cuerdas, pues no entrañaba peligro alguno, se había complicado por el fango provocado por la lluvia de los últimos días. Así que muy a mi pesar, tuve que bajar gran parte del trayecto mirando al suelo. Tenía que decidir dónde fijar cada paso si quería llegar al final sin problema.
Ataviada con neopreno, casco y escarpines hacía cuanto podía para bajar aquel cañón sin terminar resbalando montaña abajo. Lo intentaba una y otra vez, pero mis piernas bailaban cada vez con más fuerza a medida que descendíamos por el cañón. Por eso, de vez en cuando, me permitía parar.
Disfrutaba del verde intenso que nos envolvía, del olor a humedad que vagaba por allí a sus anchas, de la sombra que nos concedían los árboles en algunos tramos del camino, pero, enseguida, volvía a concentrarme en el trayecto.
Pasamos por distintos estrechamientos que se bifurcaban a lo largo de la montaña para concluir en un mismo punto, y por otros que se habían transformado en auténticos toboganes por la gran cantidad de agua que transportaban y por lo escarpado del terreno, hasta llegar a las pozas naturales, (la atracción más aclamada de aquel descenso).
Manu nos explicó, al llegar a la primera poza, que tenía la profundidad suficiente como para saltar al vacío, y nos invitó a vivir la experiencia.
Mientras esperaba en la fila junto a mis compañeros, me sentí como aquella adolescente que años atrás en el tiempo se divertía en el muelle del pueblo cogiendo carrerilla para saltar al mar. Así que no lo pensé dos veces. Esperé la señal, respiré profundo y dejé caer mi cuerpo hasta sentirlo atravesado por el frío. Solo unos segundos después, un impulso me devolvió a la superficie. Levanté el brazo en señal de victoria, tomé aire y, temblando, sonreí llena de vida.
Las pozas siguientes se presentaron de forma escalonada, en conjunto. Como diminutos tanques de piedra sin demasiada hondura que caían rebosantes de agua unos sobre otros en forma de cascada. Allí, Manu, anunció el final del descenso y nos dio la oportunidad de bañarnos durante un rato, antes de marcharnos al hotel.
«¡Qué maravilla!», pensé mientras entraba con sigilo en una de las pozas y me sentaba de rodillas.
Hasta ese preciso momento, el cielo había permanecido despejado. Pero justo cuando el agua que me cubría hasta el cuello parecía calmar la tensión que acumulaba mi cuerpo, sentí como unas pequeñas gotitas caían sobre mi cara.
A partir de ahí todo sucedió demasiado rápido. Las gotitas dieron lugar a una suave llovizna que fue alcanzando intensidad hasta estallar en truenos y relámpagos.
—¡Rápido! —dijo Manu—, tenemos que irnos.
A pesar de las circunstancias yo me sentía tan feliz que quería parar el tiempo. Jamás olvidaré aquel instante.
Coloqué los brazos en cruz, alcé la mirada al cielo y guardé en mi retina aquella imagen para siempre.

Nuria Fernández, de @acariciandomismiedos
Instagram: @acariciandomismiedos
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