«Los siguientes microrrelatos viajeros te trasladarán a lugares tan dispares como una estación de tren en Madrid, una playa en la costa norte de Tenerife o el lago de agua dulce de nombre Tonlé Sap, ubicado en Camboya. Enclaves especiales que son escenarios de historias que merecen la pena ser contadas».

Cuando viajo siempre llevo un cuaderno conmigo. A veces anoto mis pensamientos sobre la marcha. Quizá un lugar me ha llamado tanto la atención que tengo que escribir sobre él cuanto antes, para no olvidarme así de nada de lo que me he hecho sentir. En otras ocasiones, redacto cuando llego al hotel o, incluso, cuando regreso casa, en el momento que reflexiono sobre todo lo vivido y necesito ordenar todo aquello que he visto y experimentado.
A continuación te presento 3 microrrelatos muy diferentes entre sí, pero que tienen un denominador común: la fuerte intensidad de las emociones que pude sentir en cada uno de los momentos que narro. Todos fueron escritos con la perspectiva de la distancia. Algunos, incluso, ocurrieron hace muchos años, pero el recuerdo es tan vivo que, cuando escribo sobre ellos, es como si me volviesen a pasar.
Esa es la magia del relato de viaje; tanto cuando lo escribes como cuando lo lees, tu mente vuelve a viajar al instante y lugar donde sucedió todo.
El primer microrrelato, aunque corto, tiene un gran trasfondo, y es la separación que te aleja de tus seres queridos cuando partes de viaje o te vas a vivir a una ciudad distinta.
El segundo versa sobre una gran lección de vida que aprendí siendo muy pequeña, pero que, a día de hoy, no he olvidado y la sigo teniendo muy presente.
Para finalizar, incluyo un texto con el que participé en el II Certamen Literario Periplo, el festival de literatura de viajes que se realiza en Tenerife. Trata sobre un lugar que me impresionó muchísimo en Camboya, y el cual, cuando cierro los ojos, aún puedo ver con claridad.
ÍNDICE:
- Al otro lado de la vía: Madrid
- Aprende a sobrevivir: Tenerife
- Un pueblo de Agua: Camboya
- La mujer de la montaña: Canada
¡Vámonos de viaje a tres destinos que me han inspirado tanto como para reflejar su historia en un papel!
AL OTRO LADO DE LA VÍA
Estaba justo enfrente de ella, al otro lado de la vía del tren. Tenía el rostro serio y se notaba su nerviosismo.
Movía inquieta la cabeza de un lado para otro, como si se hubiese equivocado de parada. Yo la miraba atenta desde la distancia. Veía su pelo rubio, cubierto de canas y las arrugas de sus manos, que agarraban con cierto temor el bolso. Tenía los labios pintados de rosado y vestía un sobrio traje verde.
De repente, se da cuenta de que la estoy observando y sonríe. Yo también le sonrío. Por fin, mi madre ha venido a verme a la ciudad.

APRENDE A SOBREVIVIR
Faltó poco para que, con ocho años, me ahogase en la playa de mi pueblo. Siempre ha sido un sitio de baño tranquilo, pero, de repente, una serie de olas grandes me sorprendieron. Yo intentaba nadar, desesperaba, pero no podía con la inesperada corriente que empujaba mar adentro. Mi padrino, un experimentado hombre de mar, se tiró al agua y me sacó justo cuando comenzaba a hundirme, desfallecida del cansancio.
Ya en la orilla, me puso la toalla sobre los hombros, se agacho para estar a mi altura y, mirándome a los ojos, me dio una lección de vida que jamás olvidé:
—En ocasiones, es mejor no luchar contra la corriente. Si la marea te arrastra, déjate llevar, flota, sobrevive, y cuando todo se calme, pelea con todas tus fuerzas para llegar de nuevo a la orilla. Sé lista y no te enfrentes a algo más poderoso que tú si no puedes con ello. Espera, no te impacientes, y tu momento llegará. Entonces podrás poner todo tu empeño y, así, ganar la batalla. Solo tienes que aguantar la marejada y esperar la bonanza.

UN PUEBLO DE AGUA
(Relato publicado en el libro de antología del II Certamen Literario Periplo).
«¿Cómo un lugar tan bello puede ser el cielo y el infierno al mismo tiempo?», me preguntaba mientras navegábamos entre los delicados nenúfares violetas del lago Tonlé Sap.
Habíamos dejado atrás las precarias casas flotantes, hogar en su mayoría de exiliados vietnamitas. Este pueblo sin patria lucha por subsistir en uno de los entornos más hostiles que existen: sin agua corriente, sin luz, sin red sanitaria…
—El lago nos provee de todo lo que necesitamos —comentó Mai, la anciana barquera que nos guiaba por este paisaje, a veces hermoso, a veces aterrador, mientras nos contaba su historia: la de una refugiada.
Mai nunca había pisado tierra firme. Muchos se marean cuando lo hacen, y a ella le da miedo caer. Nació en el lago, como sus hermanos, y aprendió a soportar su complicada existencia, sin un futuro halagüeño con el cual soñar.
Vivir sobre el agua es ahora más difícil que antaño. El lago está cada vez más contaminado y la pesca desmedida los priva de su principal sustento.
—Al menos las nuevas generaciones pueden ir a la escuela, también flotante —afirma, entre suspiros, con una chispa de esperanza.
El lago los aísla de la tierra firme, donde se encuentra el progreso, y los excluye de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado e ignorar su existencia. Pero ellos siguen allí, aceptando que son un pueblo de agua y, como tal, deben seguir flotando para sobrevivir.
Nos acercábamos a la orilla. Mai no se bajaría de la pequeña barca de madera. Recogería a un nuevo turista y regresaría a la inmensidad del lago.
—¿Te gustaría vivir en el continente? —le pregunté, curiosa.
—No —respondió, tajante—. A estas alturas de la vida, no sabría cómo sostenerme en pie.

LA MUJER DE LA MONTAÑA
(Relato publicado en el libro de antología del III Certamen Literario Periplo).
Descansaba sobre una roca, contemplando las montañas nevadas y el extenso valle que se extendía a mis pies, cubierto por un manto interminable de árboles, cuando la vi aparecer por el sendero.
Llevaba un abrigo largo, hasta los tobillos, y pensé que su ropa no era la más adecuada para caminar por la ladera. Parecía que había salido de casa a dar un paseo. Así, sin más, sin recordar que estaba en alta montaña.
Sus arrugas delataban una edad cercana a los ochenta, y me asombró verla sola a esas horas, cuando el sol estaba a punto de rendirse tras las cumbres.
Al llegar a mi altura, se detuvo y me regaló una sonrisa. Su pelo, blanco y rizado, danzaba con gracia por la brisa. Me preguntó en inglés si me encontraba bien. Tal vez pensó que, al estar sentada, necesitaba ayuda. Le respondí que solo admiraba la belleza de las Rocosas canadienses, y su rostro se iluminó.
Entonces comenzamos a conversar, y pronto descubrimos que teníamos más en común de lo que imaginábamos. Ambas éramos viajeras, amábamos la montaña, disfrutábamos de la soledad elegida y creíamos que aún teníamos mucho por hacer en la vida. Me contagió su energía, sus ganas de seguir explorando, y su historia me inspiró más que la bella estampa que tenía ante mí.
Al regresar a casa, le conté a mi madre el encuentro, deseando que también le animara a pensar que nunca es tarde para cumplir sus sueños. Reímos con ternura al recordar la forma en la que se presentó.
—Me llamo Beverly, con B. Sí, como Beverly Hills. Hill significa colina. Así no olvidarás mi nombre.
—Descuida —le respondí—, no te olvidaré.
Y sonrió, satisfecha, sabiendo que decía la verdad.

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